(REGRESAR A APELLIDOS)

Esta pagina la dedico a mi abuelita MAMAIA, quien fue la persona que me introdujo en la historia de nuestra familia y en la "goma" de la genealogia...

 

Ancestros de María de Jesús

JARAMILLO ARANGO PALACIO URIBE


María de Jesús Jaramillo Arango (“Mamá Jesusita”) nació en Abejorral el 09 de diciembre de 1849 -Parroquia de Abejorral, Libro 10 al 16, folio 68-fue bautizada el 11 del mismo mes y año por el Padre Joaquín Restrepo, siendo padrinos José Antonio Jaramillo y Eusebia Palacio. Mamá Jesusita tuvo nueve hermanos:

I. Manuel Antonio Jaramillo Arango, casado con María Rita Gallego Echeverri, hija de Raimundo Gallego y de María Rosa Echeverri.

II. Patricia Jaramillo Arango, casada con Nicolás Jaramillo Londoño, vecino de Abejorral, hijo de Eugenio o Eufrasio Jaramillo Palacio y de Juana Londoño Palacio. Según relatos familiares al parecer murió de 104 años de edad y se le llamaba cariñosamente “la tía Patricia”.

III. Avelina o Adelina Jaramillo Arango,  casada con Justo Pastor Piedrahita Piedrahita, hijo de José María Piedrahita Arango y de Mercedes Piedrahita Osorno.

IV. José Joaquín Jaramillo Arango -decían que sufría alguna "locura"-  casado con Claudina Ospina.

V. Abelardo Jaramillo Arango, casado con Isabel Echeverri.

VI. Ramón Antonio Jaramillo Arango, casado con Pastora Echeverri.

VII. Ana Julia Jaramillo Arango, casada con Lisímaco Jaramillo Londoño, vecino de Abejorral, hijo de Eugenio o Eufrasio Jaramillo Palacio y de Juana Londoño Palacio.

VIII. Paulina Jaramillo Arango, casada con Víctor María Arango Gutiérrez, hijo de Pablo Arango Vallejo y de Segura o Segunda Gutiérrez Echeverri.

IX. Matilde Jaramillo Arango

Mamá Jesusita contrajo matrimonio con Félix María Salazar Gómez, el 11 de septiembre de 1869 en la Parroquia Nuestra Señora del Rosario - Catedral de Manizales-. Tuvieron 13 hijos. Vea su descendencia.

Mamá Jesusita murió en Manizales, el 25 de agosto de 1926, a la edad de 76 años. El cronista José María Espinosa, relata en un periódico (presumiblemente en La Patria) del viernes 27 de agosto sus exequias, de la siguiente manera:

“Ayer a las ocho de la mañana se celebraron, como estaba anunciado las exequias del cadáver venerando de la dignísima señora doña María Jesús Jaramillo de Salazar, en el templo de la Inmaculada.

Pocas veces se ha visto un entierro tan pomposo y con tanto fervor y piedad, como el de esta virtuosísima matrona, cuya vida fue un ejemplo perenne, una oración constante, una caridad espléndida y una fuente fecunda de virtudes y de afectos.

La sociedad manizaleña se dio cita ayer a la hora prefijada en los carteles mortuorios, y sin distinción de clases ni de condiciones, ni de estado ni de nada, allí estuvo presente Manizales de duelo.

Muchas fueron las asociaciones católicas que invitaron, y casas de comercio, porque la ilustre difunta pertenecía a las mas altas congregaciones religiosas y caritativas, y porque su esposo, el patriarca don Félix Salazar y sus dignísimos hijos y nietos, representan elementos valiosísimos en el Concejo, en la Sociedad de Mejoras Públicas, en el comercio y en la banca, lo mismo que sus muy dignas hijas y nietas son prestantes personalidades en las comunidades cristianas y en la vida social.

Y sin embargo no fue todo esto lo que llevó a esa compacta muchedumbre a sacar de la sala mortuoria el cadáver de la noble ancianita para llevarlo al último retiro donde yacen los que se van de la vida. Lo que congregó allí tantas almas no fue únicamente el prestigio social y comercial de la ilustre y distinguida familia: fue la bondad. Porque la amada difunta tuvo para todos cariño y simpatía, caridad y consuelos.

El comercio estuvo cerrado en señal de duelo mientras duraron las exequias y la inhumación del cadáver. Los poderes públicos asistieron a las ceremonias, y el señorío completo hizo lujo con su presencia, que daba realce a la seriedad del momento. Todos los vehículos que hay en la ciudad estaban colmados de coronas, de enormes coronas fúnebres y vistosas, porque las flores son el más dulce lenguaje y el mas bello homenaje del amor y del dolor; y allí estaban los humildes también, que muchas veces recibieron de aquel noble corazón consuelos y limosnas, derramando lágrimas de gratitud o de orfandad. El Clero no podía estar ausente, y los sacerdotes que no estaban recluidos en ejercicios con el Ilmo. Señor Obispo, iban allí elevando sus oraciones al cielo por el alma de la extinta y por el consuelo de sus aflijidos deudos. Bien sabemos que nuestro amadísimo prelado habría estado también allá si no estuviera enclaustrado con gran parte del clero en retiro espiritual. Junto al abogado se veía al humilde artesano, junto al médico el comerciante, y los jueces, y los funcionarios todos, y los periodistas, no hubo nadie que dejara de asistir al entierro doliente.

Y era de esperarse así. Cuando muere un hombre público que por cualesquiera circunstancias de la vida política y social hizo resonar su nombre en los confines del Estado, se le hacen apoteosis que a la vez que honran al muerto son también honra para la patria. ¿por qué no rendir tributo igual a las matronas que tienen superior merecimiento en los anales de los pueblos, ya que en la soledad y en el silencio del hogar, con recogimiento y con unción cristiana no solo dan sino que modelan hijos para la república y para el cielo, según el mandato divino? La matrona que ahora nos ocupa tuvo la honra de dar a Colombia el mejor economista con que cuenta el país: don Félix Salazar J., que ha llegado a ser tenido en cuenta para ceñir su pecho con el tricolor de Jefe del Estado; que ha sido invitado especialísimamente a la Liga de las Naciones para alumbrar con sus luces el laberinto de confundidas ideas en los campos del derecho internacional. Fue madre de ciudadanos prestantísimos que honran la sociedad y la patria, y de matronas que cultivan las virtudes heredadas de la virtuosa abuela, virtudes que van transmitiéndose de generación en generación como buena semilla evangélica. Ara comprender que sobre el hogar de don Félix y doña María Jesús cayeron todas las bendiciones del Cielo, basta ver cómo se conserva y multiplica esa generación, en la cual hay hombres de estado, monjas y sacerdotes, venerables matronas y ciudadanos sin tacha que en la banca y el comercio sirven a la sociedad con la conservación y aumento del capital, que es la base de las civilizaciones unido a la virtud. En esos dos nobles ancianos patriarcales se cumplieron las divinas palabras de la Escritura, porque así como se multiplicaron sus descendientes, tocóles ver a los hijos de sus nietos.

La descendencia de esa virtuosa pareja, hasta el dia de hoy, asciende a trece hijos, seis varones y siete damas; setenta y cuatro nietos y trece viznietos, todos ellos en plena juventud y en prometedora infancia, que dejan adivinar para el porvenir la mas numerosa generación.

Ayer recibimos una emoción profunda, edificante, al contemplar un cuadro sublime que acaso no se repite en la vida: el ancianito atribulado en cuyo pálido semblante se dibujaba la silueta del dolor y la resignación, con toda la entereza del varón cristiano acompañó hasta la última morada a la noble compañera de sus días, la que iluminó sus sueños de juventud, que lo fortaleció en la lucha, que premió sus esfuerzos y lo llenó de gloria al darle una generación gloriosa. Titubeaba su paso débil, como si la carga del dolor quisiera echarlo a tierra; pero su alma levantada le daba energías para seguir la marcha fúnebre, la marcha del sufrimiento. Y conduciendo el féretro sus hijos y nietos con la santa tristeza en el corazón, y en sus semblantes el reflejo del valor moral en que están templados sus espíritus. Allí estaban haciendo parte del cortejo las bellas y virtuosas nietas de la amable difunta, con los ojos llenos de lágrimas sí, pero mostrando cómo se forman las almas en los hogares cristianos.

Afuera, la multitud guardaba el mismo recogimiento que los que estaban dentro del templo, cuyas naves fueron invadidas y colmadas. Y en el parque, gran número de personas esperaban meditativas y dolientes. Sentados en uno de los escaños, mientras a nuestros oídos llegaban las fúnebres salmodias y los responsos clamantes, vino a nuestra memoria el recuerdo de un cuadro que presenciamos en una hermosa tarde de verano, en la Calle de la Esponsión.

Sentada en una de las ventanas estaba  la ancianita sonriente, rodeada por una de sus hijas y tres de sus nietas, en tanto que su pequeño viznieto luchaba por trepar a las rodillas de la bisabuela; y era bello y emocionante el contraste formado por los cabellos de nieve, las cabelleras de trigo y oro, y y una cabellera de ébano cuyos rizos triscaban como rebaños sobre la tez morena. Departían todas las personas que formaban aquel cuadro, familiar y alegremente. Ni un presentimiento se asomaba a las pupìlas ni una nube empañaba las frentes. Reían los ojos negros, los ojos azules y los ojos infantiles, frente a los de la anciana que sonreían también con el doble candor de la senectud, remedo incomparable de la infancia. Eran la aurora, el cenit, el ocaso y el crepúsculo de la vida.  Era la representación de un hogar, de una sociedad, de un pueblo. Era el compendio de la humanidad. Y el sol de la tarde, que caía perpendicularmente sobre aquellos rostros felices, daba las pinceladas de su luz como un artista celeste que retratara las almas.

Y pensamos en un día lejano, cuando plena de juventud y amor llegara una pareja a las gradas del altar a recibir la bendición nupcial, y el proceso de toda una vida se presentó a los ojos de nuestra imaginación: de una vida llena de virtudes y heroísmos. Una pareja que logró con el amor y la virtud hacer una fortuna colosal no para causar males con ella sino para derramarla a manos llenas sobre los necesitados, y para renunciarla también como han hecho de modo ejemplar las nobles vírgenes que han querido cambiar las vanidades del mundo por la silenciosa paz  de los claustros.

En todo eso pensamos en aquella tarde; y hoy al evocar tristemente el dulce recuerdo de aquel cuadro lleno de sol y felicidad; mientras los bronces del templo de la Inmaculada lanzan al aire sus clangores para despedir a la anciana evangélica, por asociación de ideas rememoramos todo eso en conjunto, que nos mueve a escribir estas líneas como humilde homenaje a la ilustre muerta y a su no menos ilustre familia, y decimos en nuestro interior: ¡Oh Muerte! ¡Oh Pálida! Te has propuesto tronchar en estos días  vidas muy caras y valiosas. Hace ya tiempo que estás extendiendo tu fría segur sobre matronas preclaras, y haste dedicado a escoger, tú que jamás escojes, a las virtuosas vidas que ejemplarizan con su ejemplo, que oran por los demás y que son a la manera de pararrayos para contener la ira del Señor. Tumba el alfanje de la mano del guerrero, destrona a los monarcas, hiere a los soberbios, tala la vida de los niños, pero … no hieras a las madres.

CRONISTA”

Otros recortes de periódico de la época, relatan el jueves 26 de agosto de 1926:

“Duelo Social. Doña María Jesús Jaramillo de Salazar. Honorabilísima dama, cuyas virtudes contribuyeron a realzar la sociedad manizaleña, ejemplar esposa, incomparable madre de numerosa e ilustre familia que honra a la república. Falleció ayer a las doce del día. LA TRADICION invita a sus exequias, que se verificarán a las ocho de la mañana en el templo de la Inmaculada”.

“Una ola dolorosa invadió la ciudad en la tarde de ayer: la noticia de que expiraba la distinguidísima dama doña María Jesús Jaramillo de Salazar conmovió hondamente a todos los estamentos sociales, que estaban profundamente preocupados con la gravedad de la distinguida señora.

Y cuando, a las doce del día la santa matrona entregó su alma dulcemente al Señor, la casa se vió colmada de personas de todas las clases sociales que querían expresar su dolor y unirlo al de todos sus hijos y sobre todo al de su inconsolable esposo, el querido patriarca don Félix M. Salazar, ornato, prez y reliquia de Manizales”.

“Hablar en esta nota breve y dolorosa, de las virtudes de doña María Jesús sería lugar común, cuando toda la ciudad ha sido testigo de su obra: setenta y seis años de vida santa y llena de amor de Dios; modelación perfecta de once hijos: seis matronas que enlucen la sociedad y cinco caballeros que honran la patria; alivio constante de las miserias del cuerpo, con la dádiva perenne de sus manos, y de los dolores del alma con la dulzura de sus consejos y de sus consolaciones; bondad ilimitada y espíritu de selección que mostraba nítidamente a la mujer evangélica.

Siéntense verdaderos desgarrones en el corazón al tener que despedir para el puerto eterno a matronas como ésta, que representan el ejemplar perfecto de la mujer fuerte, el modelo acabado de la clásica dama de Antioquia; que fueron viveros de virtudes cristianas y domésticas, concreción de la verdad, fuertes y macizas columnas de la sociedad. Si parece que estos fallecimientos fueran un derrumbamiento social.

Descanse su alma blanca en la paz incomparable de Dios y experimenten su apreciable esposo y todos los suyos los consuelos inefables de la Fe y de la Esperanza, al recuerdo sagrado de la muerta querida”.

 

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Prepared by:

María Emilia Naranjo Ramos
Bogotá D.C.

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